lunes, 24 de enero de 2011

Lluvia de flores


Erase una vez un pequeño país, que tenía un pequeño bosque y a su vez tenía un pequeño reino. Era un reino muy especial, habitado por criaturas tan fantásticas que solo los gnomo, las hadas y el espíritu del bosque podían ver. Era un reino lleno de colores, maravillosas esencias y sonrisas, y por supuesto, con su rey y su reina, que a su vez, tenían un hijo, que naturalmente era el principe. Nuestra historia ocurre en ese maravilloso reino.

Cada habitante tenía una función fundamental que realizar. Estaban los encargados de colorear las flores, los que hacían cosquillas a los árboles para que al agitar sus ramas consiguiera que la fragancia del bosque se expandiera por todo el país, los que ayudaban a los pájaros a preparar sus nidos y vigilar que nada malo ocurriera a sus polluelos, los que cantaban al río, para que este respondiera bailando por su cauce, para manter sus aguas siempre frescas y cristalinas...

Pero un día algo terrible ocurrió dentro del pequeño reino, el principe se enfermó, no tenía color en sus mejillas, no sonreía, no quería oler la fragancia del bosque, y sus ojos se volvían blancos, como la nieve. Los reyes estaban muy tristes, porque era su único hijo, ya eran muy mayores, y les había costado mucho que el espíritu del bosque les bendijera con alguien que les sucediera una vez ellos no estuvieran, le habían criado libre, habían querido que aprendiera cada una de las funciones del reino para que, cuando ellos se fueran, él pudiera hacerse cargo de supervisar cada una de las funciones, y lo que era mas importante, ayudar a a que todos los habitantes trabajaran juntos para mantener el bosque. ¿Que iban a hacer ahora? ¿como podrían curar a su hijo?

Todos los habitantes del reino se enteraron rápidamente de la terrible noticia, y cada uno de ellos comenzó a pedir por la curación de aquel principe a quien todos querían. Entre ellos, estaba Salvia, era hija de un pintor de flores y su madre viajaba por el bosque haciendo cosquillas a los árboles, ella aún no hacía nada, porque pensaban que era muy pequeña, pero tampoco lo era tanto!! ya tenía 80 otoños, podía correr tan rápido como el viento y era capaz de hacer con su voz que el río saltara entre las piedras con la violencia de una tormenta. Tenía unas hermosas orejas puntiagudas, el cuerno de su frente revelaba que ya casi era una adulta y podía mover su cola con gracia de una traviesa ardilla. Su larga cabellera era del color de la luna, sus ojos de color de las fresas maduras y tenía una preciosa sonrisa que solo mostraba al sol cuando salía a saludarlo cada mañana, ya que era muy tímida.

Después de que todos los doctores del reino examinaran al principe y no fueran capaces de encontrar la cura, la pequeña Salvia se escapó una mañana, cuando el rocía todavía brillaba entre las ojas de la casa, y corrió rauda, como solo ella sabía, hacia el castillo. Los guardias la dejaron pasar, en cuanto vieron su noble sonrisa, y tímida, se acercó hasta los reyes, pidiéndole que le dejaran acercarse al príncipe, quería cantar para él, para que se sintiera mejor. Ellos, conmovidos por los nobles sentimientos de la muchacha, la acompañaron hasta el balcón donde el pasaba los días, mas entre tinieblas que entre realidad. En el momento en que Salvia le vio, algo se estremeció dentro de su pequeño cuerpo, comenzó no solo a cantar invocando al espíritu del río, comenzó a bailar invocando a todos los poderes que la rodeaban. El río comenzó a bailar y a saltar, salpicando a los arboles que orgullosos, se erguían a su orilla, sintieron tantas cosquillas, que comenzaron a mover sus ramas repartiendo la fragancia de la mañana por todo el bosque, a su vez, de lo alegres que estaban por escuchar la maravillosa voz de Salvia, lanzaron sus flores mas bonitas creando una lluvia de flores. El espíritu del bosque se despertó con tanto barullo, y quedó tan impresionado por la buena voluntad de la pequeña muchacha, que sopló su aliento sobre la flores que volaban por el aire. Cuando el principe sintió el roce de sus pétalos en la cara, sintió como salía de su encierro, sintió como la luz volvía a sus ojos, como el color volvía a sus mejillas y como la vida volvía a su cuerpo. Y así, lo primero que vio, fue a Salvia, y así también, lo primero que decidió, es quien le ayudaría, por siempre y hasta que sus espíritus viajaran al final del camino juntos, a velar por la vida de su bosque.

2 comentarios:

Ikarâ dijo...

Bonita historia :)
Me han gustado sobre todo las metádoras que habéis ido utilizando en las descripciones.

Zepol Ilustradora dijo...

Buenas cosas en este blog. Saludos